ESPELHO
© CARLOS HIGGIE
Espelho: Do latim speculum, lâmina de cristal azougue, para refletir objetos.
O objeto sou eu. Trinta e poucos anos, um ricto quase imperceptível nos lábios, um cansaço que já não é meu. No fundo, perdida na íris castanha, uma pequena luz insiste em não apagar.
Falou-me Guacira que estou ficando careca. Tem razão. Debaixo do meu cabelo, outrora abundante e forte, cresce uns clarões e as entradas estão maiores. Estou me resignando a ser calvo. Em realidade já me resignei a tudo. Como se minha vida fosse um grande dominó, preparado para uma reação em cadeia: cai a primeira peça, derrubando, em um movimento contínuo e em câmara lenta, as outras. Cada sonho que passa, cada esperança que se despenca, derruba a seguinte. E assim, sucessivamente. Este foi um ano pródigo em quedas.
Se vasculhasse no remoto e polido pretérito, no começo do efeito dominó, dificilmente conseguiria identificá-lo. Em alguns momentos penso em Marcela como o começo do fim. Que nosso proibido, e por isso furtivo romance, desencadeou uma avalanche que só terminará quando eu morrer.
Não tenho estômago para aguentar a Guacira. Agora somos quase inimigos; a vida nos jogou num ringue, no qual nos enfrentamos todo dia. Passamos da paixão à rotina sem percebermos. Odiamos por obrigação, mordemos, ferimos sem piedade. Ela não tem culpa, ainda que às vezes faltou-lhe compreensão e paciência.
A terra, vista do infinito, não existe. E da lua, que está a um passo dos menores, é somente uma bola azul-prateada e nada mais. Por isso não consigo imaginar a microscópica dimensão dos meus problemas. Sei que, afundado neles, me parece um oceano hostil e tenebroso, prestes a inundar minha consciência.
Marcela emerge seguidamente do passado. Insiste em quebrar minha já frágil estrutura. Ela é a lembrança mais louca e bonita da minha vida. Com ela cometi todas as loucuras da juventude. Na madrugada de um verão memorável, na velha bicicleta, fugimos por trilhas de areia e pedra, rumo ao mar. Dias depois a polícia nos pegou, principalmente porque paramos nos arroios, montes e plantações, para o regalo de nossos corpos, descobrindo na imensidão do campo e da noite, a pequenez e o milagre do nosso prazer. Marcela saia de si, transformando-se em mulher, apesar de ser pouco mais que uma adolescente.
Depois da surra que seu pai me deu, ela sumiu. Descobri que casou, teve filhos e fez todas as coisas que juramos não fazer.
Guacira sabe pouco destas coisas que povoaram minha juventude, não entende que por dentro vão muitos “eus” em permanentes choques.
Não tenho dúvidas: o efeito dominó começou com os murros do pai de Marcela. Passei meses, anos, afogado pela mágoa e pela lembrança clara e forte daquela garota, desfalecendo em meus braços, bêbada de paixão e prazer, gemendo feito bicho, cada vez que tocava o céu. Minha mãe se desesperava, tentava me buscar para a vida. O pai me insultava, maldizia. Perdi quilos e ilusões, esvaziando como um balão.
Um dia qualquer voltei à normalidade, andando pelos caminhos marcados e preestabelecidos. Um dia, Guacira. Outro, o casamento. O apartamento, os móveis, a rotina, o medo crescendo como um cogumelo, subindo feito trepadeira, invadindo meu sangue.
Agora, seis horas da manhã, as coisas parecem desconhecidas, emergentes de uma realidade paralela, subjacente: a casa toda está coberta por um silêncio adormecido. Fugitiva de um sonho qualquer, permanece sob a pele, uma sensação inequívoca de que tudo está fora de lugar. As coisas e eu.
As moscas, amorais e sujas, amam-se sobre a mesa da cozinha, como em qualquer parte do mundo. Uma torneira pinga na minha alma.
A luz do amanhecer iluminou meus traços tristes, refletidos no espelho. Dali até a sacada foi um instante. Da sacada ao parapeito, outro.
Vejo lá embaixo, diminuídas e distantes, as árvores, a rua, os madrugadores. Choro. Sinto dor nas pernas. Quero saltar. Flutuar, navegar, fazer-me merda no teto de um ônibus, no asfalto ou nas cabeças dos passantes.
Tudo parece um tango. Dirão tantas coisas amanhã, hoje pela tarde! Que tinha amante, endividado horrores, homossexual, HIV positivo. Inventarão histórias. Não sei por que saltar, por que estourar na rua as poucas ilusões que restam. Talvez porque ontem num bar fedorento, vi minha vida num instante, nos olhos borrachos de Marcela; talvez por vê-la tão decadente, gorda, enrugada. Tão velha como o mundo; vulgar como todos. Os olhares se reconheceram. Julgaram nossos dias. Ela inclinou-se e vomitou.
ESPEJO
©CARLOS HIGGIE
Espejo (del latín specŭlum): lámina de c cristal azogada para reflejar objetos.
El objeto soy yo. Treinta y pocos años, un rictus casi imperceptible en los labios, un cansancio que ya no es mío. En el fondo, perdida en los iris castaños, una pequeña lucecita obstinada que no quiere apagarse.
Me ha dicho Guacira que me estoy quedando calvo. Tiene razón. Debajo de mi cabello, otrora abundante y fuerte, crecen unos claros amedrentadores y las entradas se hacen cada vez más profundas. Me estoy resignando a ser pelado. En realidad, ya me estoy resignando a todo. Como si mi vida fuera un gigantesco dominó preparado para una reacción en cadena: cae la primera pieza derribando con un movimiento continuo y, en cámara lenta, las otras. Cada sueño que pasa, cada esperanza que se desploma derriba a la siguiente, y así sucesivamente. Este ha sido un año pródigo en caídas.
Si buscara en el pasado, en el remoto y pulido pretérito, el comienzo del efecto dominó; difícilmente lograría identificarlo. En algunos momentos pienso que fue Mariela el comienzo del fin. Que nuestro prohibido romance, y por eso furtivo, desencadenó una avalancha que solo terminará cuando termine yo.
No tengo estómago para aguantar a Guacira. No tengo ánimo. Ahora somos casi enemigos: la vida nos lanzó en un ring, en un cuadrilátero en el cual nos enfrentamos día a día. Pasamos de la pasión a la rutina, casi sin darnos cuenta. Nos odiamos por obligación, nos sangramos, nos mordemos, nos herimos sin piedad. Ella no es culpable de nada, aunque muchas veces le faltó comprensión, no tuvo paciencia. No se interesó por mis sueños, por mis ansias de vencer en aquello que consideraba mi destino.
La tierra desde el infinito no se ve. No existe. Y desde la luna, que está a un pequeño paso, aquí al lado, es solo una bola azul plateada y nada más. Por esa razón, no consigo imaginar la microscópica dimensión de mis problemas. Sé que sumergido en ellos me parecen un océano hostil y tenebroso, presto a anegarme la conciencia.
Marcela emerge, a menudo, del fondo de mi pasado y se empeña en quebrar la fragilidad de mi estructura. Con ella hacía las locuras sabidas de la juventud. Hasta nos fugamos en una bicicleta, por caminos de arena y piedras, huyendo de la tiranía de sus padres.
Es quizás el recuerdo más loco y más hermoso de mi vida. De madrugada, en un verano memorable, saltamos sobre una bicicleta destartalada y nos lanzamos rumbo al mar, que estaba a más de quinientos kilómetros. No pasaron tres días y la policía nos alcanzó, principalmente porque nos detuvimos mucho tiempo en los arroyos, en los montes, en las plantaciones inmensas, para obsequiarnos con nuestros cuerpos, descubriendo en la inmensidad del campo y de la noche, la pequeñez y el milagro de nuestro placer, de nuestro amor sediento. Marcela emergía de sí misma, transformándose en una mujer, a pesar de su cuerpo de adolescente.
Su padre casi me mató a golpes y ella desapareció por muchos años de mi vida. Después supe que se casó, tuvo hijos e hizo todas las cosas que, cuando éramos jóvenes y apasionados, juramos no hacer.
Guacira sabe poco de esas cosas que poblaron mi juventud, no entiende que por dentro van muchos yoes en constante choque, van múltiples recuerdos atropellando para ganar un pedazo de conciencia y fijarse para siempre en mi realidad.
Casi no tengo dudas: el efecto dominó comenzó cuando recibí el primer golpe del padre de Marcela, mientras oía maldiciones e insultos terribles. No sé por qué confusa razón no me encerraron y me educaron definitivamente para el crimen. Tal vez porque la familia de ella tenía mucho dinero y más influencia, y prefirieron tapar el escándalo y alejar a la muchacha de la ciudad.
Pasé muchos meses, años quizás, ahogado por la pena y por el recuerdo claro y fuerte de Marcela deshaciéndose en mis brazos, subyugada, ebria de amor y placer, gimiendo como un animal en celo cada vez que tocaba el cielo con las manos. Mi madre me rodeaba desesperada, me preparaba comidas especiales, intentaba salvarme para la vida. Mi padre me insultaba y me amenazaba, me maldecía. Perdí muchos kilos y muchísimas ilusiones; como si me hubieran vaciado de repente de mis sentimientos más nobles, de mis ideas más elevadas.
Después no sé bien qué pasó. Volví a comer, engordé un poco, estudié, trabajé, poco a poco me transformé en un ciudadano normal, totalmente moldeado, caminando por sendas marcadas y preestablecidas. Y un día, Guacira. Otro día, el casamiento. El apartamento, los muebles, el hastío, el miedo creciendo como un hongo siniestro, subiendo como enredadera y adueñándose de mi sangre.
Ahora, a las seis de la mañana, las cosas resultan desconocidas, como emergentes de una realidad paralela, subyacente: toda la casa está recubierta de un silencio adormecido. Fugitiva de un sueño cualquiera subsiste, debajo de la piel, una sensación inequívoca de que todo está fuera de lugar. Las cosas o yo, algo está fuera de lugar. Las moscas, amorales y sucias, se aman sobre la mesa de la cocina, como en cualquier parte del mundo. Una canilla gotea y me molesta porque su plic-plac golpea en mi alma.
Dejé a Guacira durmiendo y vine hasta el espejo, en la oscuridad, hasta que la luz del amanecer cayó sobre el cuarto de baño e iluminó mis rasgos tristes y gastados. Me duelen las piernas y me siento tenso, un sudor frío y asqueroso se desliza por mi cuello y se pierde en el cuerpo. Quiero entrar en el espejo, hacerme sujeto. No sé por qué estoy llorando. Es un llanto silencioso y mordido, casi rabioso. Es una canilla abierta que riega mi alma e inunda mi vida. Me anega.
Del espejo a la terraza fue nada más que un instante; de la terraza a la cornisa fue nada más que un segundo. Veo, allá abajo, disminuidas y distantes, las cosas, la calle, los madrugadores. Lloro y me duelen las piernas y quiero saltar para liberarme, flotar un instante, navegar en el aire y hacerme tortilla, hacerme mierda cuando mi cuerpo se estrelle contra el techo de un ómnibus, caiga en el empedrado y otros vehículos se mojen en mi sangre y me lleven calle afuera.
Todo esto parece un tango superado y trágico. Parece que la vida se empeña en imitar las pobres creaciones de los hombres. ¡Dirán tantas cosas mañana! Que tenía una amante, que debía horrores, que era homosexual y descubrí el virus del sida en mi organismo. Inventarán cosas, tejerán mil historias fantásticas y nunca sabrán la verdad. En realidad, ni yo sé por qué voy a saltar, por qué voy a reventar en el asfalto las pocas ilusiones que me restan. Quizás porque ayer, en un barcito de mala muerte vi mi vida en un instante, en los ojos cansados y ebrios de Marcela, Tal vez por verla tan decadente, tan ajena a sí misma, gorda, ajada, desesperada y borracha. Tan vieja como el mundo. Tan vulgar como todos.
No nos hablamos. Nuestras miradas se encontraron y sé que me reconoció. Nos dijimos todo con los ojos, nos reprochamos, nos acusamos y lloramos. Después ella se inclinó hacia un lado y vomitó. Salí del bar abrumado, discutí con Guacira por nada, me acosté temprano y tuve pesadillas. Me desperté asombrado: aún estaba vivo. Devoré el aire con largas y profundas bocanadas. Fui hasta el espejo y descubrí que era inútil, que no valía la pena, que en el fondo todo era un tango melodramático y aburrido.
Por eso voy a saltar, solo para apagar de mis células ese ritmo aburrido y agotador. Solo para ahogar en sangre esta acidez que me destruye, esta falta de sueños e ilusiones que me corroe.
